Un color puede transformarse en uno de los activos más valiosos de la identidad visual de una marca, siempre que se cumplan ciertos requisitos legales y técnicos. El caso de Tiffany & Co. ilustra cómo un tono cromático pasa de simple elección estética a pieza estratégica protegida por ley, según ha recogido Expansión.
El llamado robin’s-egg blue apareció por primera vez en 1845 en la cubierta del Blue Book, el catálogo anual de la joyería neoyorquina. Durante más de un siglo, la compañía mantuvo ese tono como seña visual sin protección formal. El punto de inflexión llegó en 1998, cuando Tiffany registró el color como marca comercial ante la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos, demostrando el «significado secundario»: el consumidor asociaba ese azul de forma inequívoca con la casa.
Pantone codifica la exclusividad
En 2001, Pantone estandarizó el tono en exclusiva bajo el código 1837, en referencia al año de fundación de Tiffany. Este código no figura en el catálogo público de la paleta, lo que garantiza que ninguna empresa pueda replicarlo sin permiso. Para cualquier compañía que desee seguir esa estrategia, el proceso exige dos frentes: un registro legal ante la oficina de propiedad industrial correspondiente y un desarrollo técnico con Pantone que fije un código exclusivo y asegure reproducción idéntica en cualquier fabricante.
El resultado es que Tiffany genera reconocimiento sin necesidad de logotipo. Su caja azul funciona como vehículo publicitario permanente. La solidez de ese activo quedó patente en 2021, cuando la marca —recién adquirida por LVMH— publicó en Instagram la etiqueta #TiffanyYellow. La reacción fue inmediata: cerca de 500.000 likes en horas, con seguidores convencidos de que la compañía abandonaba su azul histórico. En realidad, se trataba del lanzamiento de un pop-up en Rodeo Drive, Beverly Hills, para presentar una colección de diamantes amarillos encabezada por la gema Tiffany Yellow, de 130 quilates.
Klein y el azul como manifiesto
El artista francés Yves Klein (1928-1962) llevó el concepto de exclusividad cromática al terreno del arte conceptual. En 1960, registró la fórmula de un ultramarino con resina sintética, bautizado International Klein Blue, desarrollado junto a Édouard Adam, vendedor de pinturas en Montparnasse. La ley francesa no permite patentar un color en sí mismo, por lo que Klein registró la técnica mediante un sobre Soleau, mecanismo que certifica autoría sin ser patente formal. Esa distinción separa hoy a las marcas que simplemente usan un color de las que lo convierten en activo defendible: no se compra el azul, se compra la combinación exacta de pigmento, aglutinante y aplicación irrepetible.
La Prairie y el azul cobalto como ruptura
A principios de los ochenta, el packaging de alta cosmética compartía un código visual uniforme: tarros blancos, discretos, indistinguibles. En ese contexto, La Prairie, firma suiza fundada en 1931, apostó por un azul cobalto intenso para el lanzamiento de su colección Skin Caviar, hoy una de las líneas más rentables de la marca. La elección partió de una colaboración casual con la artista franco-estadounidense Niki de Saint Phalle (1930-2002), figura clave del Nuevo Realismo francés, quien sugirió su color predilecto en un momento en que ningún competidor rompía el código cromático del sector.
Cuatro décadas después, ese vínculo con el arte se convirtió en estrategia de posicionamiento. La Prairie fue socio de Art Basel desde 2017, con instalaciones en Basilea, Hong Kong y Miami, exponiendo su colección de obras de Saint Phalle junto a lanzamientos de producto.
Estos casos demuestran que un color, sin protección legal, no pasa de capricho estético; con ella, se convierte en activo. La exclusividad puede construirse por vía legal, estandarización industrial o colaboración cultural adecuada. Quien controla el código visual de un producto controla parte de su percepción de valor, y en el lujo esa percepción se traduce en precio, concluye Sandra Andújar, presidenta de Elite Excellence-Federación Española del Lujo, en Expansión.
